viernes, 14 de agosto de 2009

A los detalles, te acostumbrás...

Una es una alumna maravillosa. Más allá de los intentos por no acomodarse a una sola realidad, a una sola persona, a un solo tipo de noches, la costumbre termina por instalarse, implacable.
Sin proponérselo, una temrina por aprender. Que la luz del baño se enciende con la segunda tecla, porque la primera no funciona. Que el timbre hay que apretarlo con fuerza, sino no suena. Una aprende, memoriza, un montón de detalles inútiles. Sabe que el café se toma con dos cucharadas de azucar, salvo que se prefiera mate, y en ese caso siempre es amargo.
Una no recuerda ni el celular de su madre, pero sí sabe que en esta casa se duerme con la persiana abierta, porque a su moradora no le molesta la luz del sol, pero en cambio en aquel otro lugar se cierran los postigos que dan a la casa de atrás.
Una se termina transformando en erudita de los lugares comunes, podría escribir un tratado sobre los detalles nimios de los que una estaba escapando pero se instalan en la rutina casi como parásitos, como inquilinos indeseables pero omnipresentes.

Es un mecanismo misterioso cómo se acumulan en la memoria tantos datos inútiles, tanta información que no se usa para nada en el día a día, pero una noche sirven para saber que la sal está en la segunda puerta de la alacena, ese detallito sepultado entre los horarios de trabajo y los libros para comprar se abre paso desde el subconsciente  llega a la vigilia, una estira la mano, abre la puerta y ahí está el frasco de sal, símbolo inequívoco de que una no escapa de algunos fantasmas, que quiéralo una o no, la memoria se encarga de encadenarnos a una rutina de bombilla de caña y política de velador y pie de cama, de charlas obligadas con ruido a ducha y salidas furtivas.

Una termina por preguntarse si hay maneras de dar una vuelta de tuerca a tanta cosa merodeante; si todo lo que una se propone dejar de lado va a terminar volviendo por una tangente inesperada, si la costumbre es siempre definitiva.
Entonces una comienza un ciclo nuevo de reconocimiento, olfatea el aire, presiente al tacto los dedos y las formas. Y termina por darse cuenta de cuántos escalones hay que subir, a qué altura está la manija de la puerta, y si los vecinos de arriba hacen más ruido a una determinada hora.

Por qué no se olvida una de tanto trapo usado, es algo que no se puede responder...

3 comentarios:

Charo Márquez Ramos dijo...

Sí, la vida apesta.
Pero siempre tendremos San Telmo o Purmamarca...chan
Te quiero, poni

Joaquin dijo...

Yo creo que en definitiva uno es profundamente todo eso que aunque sea por poco tiempo logra trascender esa nimiedad. Pero asusta saber lo muchisimo que compartimos casi todos, casi como un ADN común de estructuras de pequeñas costumbres. Beso!!

paula dijo...

yo creo que todo eso tiene un valor enoooormee porque vendría a ser como la trama del cañamazo sobre la cual podés bordar CUALQUIER tapiz. Pero no podés bordar NINGUN tapiz sin la base del cañamazo. y es tan reconfortante que la sal esté siempre ahí, y que la luz se prenda cada vez que apretás esa tecla...